viernes, septiembre 10

La talla 38



Es una cosa mala, chica. Qué necesidad tiene una de malograrse la entrepierna... ¡Ninguna! Que después una anda como si fuera una morcillica de Burgos, con sus carnes prietas amenazando con escapar de la tortura textil, espatarrada, escocida perdía, caminando como las muñecas de Famosa, o peor, como un Robocop con almorranas; y es sentarse y ponerse una a ver la constelación enterica, siendo de día incluso. Todas las estrellas del mundo desfilan ante una mientras los ojos se convierten en dos asteriscos al más puro estilo Manga *_*

Una vez aposentada, las gomillas del pequeñísimo tanga que te has endosado ese día que estrenas esos imposibles y maravillosos vaqueros talla 38, se queda por encima del vaquero, y encima del mismo, la hucha, Usease, la rajita der culete, o donde la espalda pierde su bendito nombre.

Una sabe, por que son muchos años con las carnes sueltas, que no hay remedio a eso, te has puesto esos vaqueros nuevos y duros como el esparto, con la idea de estar monísima de pie, sujetando, tal vez, una copa, y un cigarro, sonriendo para demostrar al mundo ese lema que haces tuyo "yes, we can". El tema de sentarse es momentáneo, para engullir unas tapas, quizá, y seguir con la ruta nocturna.

Mientras la cerveza corretea juguetona por la garganta y con una mano buscas la última tapa de chistorra, un michelín se rebela y salta por encima de la cinturilla del vaquero. Te quedas quieta, mientras piensas "oh, dios mio, que nadie haya visto este salto mortal sin red". Nena, la gente está a su bola, pero piensas que todo el mundo está pendiente de que estalles de un momento a otro.

Por fin las copas, y bailas (poco, los movimientos son limitados, pareces una Barbie con parálisis) y cantas (poco, por que hay q coger aire, y con esos vaqueros ni puedes apenas para respirar, como para cantar), y bebes (poco, que luego una se mea, y con el calor que hace quitarse los pantalones es una misión imposible, una sabe que ya no hay salida: no podrás volver a ponértelos) y te largas a casa deseando quitarte esos malditos pantalones que no han hecho otra cosa que apretarte el chocho.